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©2018 -  Bruta | Comunicación Visual para Mil Grullas y una taza de té

Güemes, el barrio que nos vio nacer.


Cuenta la leyenda, (una de tantas) que entre los primeros pobladores de las riveras de la Cañada allá, a principios del siglo XX, había anarquistas ocultos entre la masa de obreros inmigrantes.

Anarquistas, libertarios, pone bombas, diferentes, vagos, destituyentes. El adjetivo no los define. Los reduce a algo que eran y no eran. Porque un anarquista puede ser muchas cosas, o ninguna. Lo que se seguro lo identifica, es su amor por una palabra y un concepto: La Libertad. Los sabemos perseguidores de quimeras y utopías, y en nuestra docta ciudad se volvieron bebedores inocentes de las sucias aguas de un barroso arroyo.

Imaginemos entonces que luego vomitaban (en mesas de bares improvisados, en esquinas inestables ante la posible furia de una crecida) sus míticos discursos donde libertad se codeaba con violencia, amor con dolor, tristeza con euforia, agonía con trascendencia. Y con sus palabras tiñeron de su espíritu las calles de un barrio sin nombre (aún), zona de mercado, de mulas, de barro, de ladrones de poca monta, de putas sin rímel.

Y el tiempo pasó, y sus efectos se incorporaron a la tierra de las riveras.

Y un día las calles tuvieron adoquines. Y luego asfalto. Luego pozos.

Y luego, en un inesperado fogonazo de locura un gobierno militar en retirada habilitaba a un emblemático prócer de la arquitectura latinoamericana para que "recupere" o "intervenga" (quizás este verbo era más acorde a la época) una manzana de esas calles hasta ese momento intocables, defendidas por sus vecinos los golosos constru/destructores de la fastuosa Nueva Córdoba. Quizás alejados por miedo a la lepra libertaria que allí aún campeaba.

Y lo convocaron a reconvertir estas arcadas, estas molduras, esas paredes centenarias, en un Paseo "de las Artes" (eufemismo necesario para identificar lo indefinible). Un lugar donde depositar los pocos hippies que lograban sobrevivir y pasar de incógnito, escondían sus mensajes en el cifrado de un kipú mal tejido, en la esfera imperfecta de un atrapa sueño, o simplemente en un dibujo onírico de un batik teñido de las enseñanzas de Don Juan y la música de los Quilapayún.

Con el decisivo impulso de la democracia y un loco visionario, las cuadras que rodeaban al Paseo se transformaron en un estricto catálogo de colores tierras, rosas y ocres. Y con esta armonía colorista terminaron de consolidar la zona pagana en un paseo dominguero: un soleado recorrido entre contraculturales, artesanos (con y sin carnet), tiendas de antigüedades y pulgas. Rincones decorados con bichitos importado que nadie termina de definir si fueron traídos por los primeros, los segundos o los terceros de la lista.

Así fuimos creciendo, como crece lo que tiene vida, sin orden ni concierto, y nos convertimos en un lugar donde confluye todo y se mezcla, en una inestable armonía secreta: la biblia y el calefón, los libros de Rimbaud y los sifones de vidrio gastado, las empanadas de la Nelly y la meriendas de La Nieta, las noches de milonga del El Arrabal desbordante de turista y las mañanas de lunes silenciosos con linyeras sin techo y perros callejeros sin amos, pero con amor.

Un día, Nueva Córdoba engordó, y en su sobrepeso bulímico vomito (remedando viejos gestos anarquistas ya olvidados) miles de jóvenes sobre sus veredas angostas, sus focos quemados, sus bares inventados en casas tomadas y santas ya olvidadas. Y sus conventillos mutaron en galerías recicladas donde pueden convivir hippies (con y sin Osde) y chetos en bondi o con auto, donde también revistas se transformaron en bares y luego en iconos de ciudades que parecen de otro continente. Y fluyeron jardines verticales, frente la atónita mirada de artesanos incrédulos y anticuarios momificados.

Y el vértigo nos pasó por arriba, aunque las veredas siguieron siendo pequeñas y todos los días tus pies tenían que pelear palo a palo una baldosa con la bolsa de basura para ver quien la ocupaba primero.

Hoy tras las esperadas reformas, muchas de esas veredas se extendieron. Y otra siguen en proceso: lento proceso. Las basuras se acumulan más estoicamente en contenedores discriminadores que nadie discrimina, y los adoquines del nuevo "portal" resisten como pueden sobre sus frágiles espaldas el paso ininterrumpido de troles, bondis, camiones de cerveza, taxis, autos, autos, autos y más autos estacionados en las calles ahora más angostas.

Este barrio que se ganó el nombre de un caudillo de la independencia, es nota de tapa en revistas, tiene los mejores barman (disculpen, pero "bartender" es para turistas) de la ciudad, tiene cosas para descubrir siempre, secretos ocultos en cuevas disfrazadas, peligros subyacentes, alegrías cotidianas, amores inimaginados, amigos que hace siglos que no ves, birras, vinos, pizza, platos gourmet, chef con gorra (de chef o futbolista), tragos de autores secretos, hipster en bicicletas, alternos en monopatín, malabaristas callejeros, magos, putos, tortas, (y también por qué no, pan relleno) padres, madres, hijos, suegras, "las chicas" que salen de merienda no importa la edad, los nuevos diseñadores, los eternos repetidos.

Un lugar donde no nos importa el dinero aunque todos van tras él, incluidos los arrebatadores callejeros. Donde se cruza en polifacética pornografía lo más cool, lo más bizarro, lo más lindo, lo más feo; en definitiva, lo humano en sus infinitas e interminables formas.

Güemes es un nombre inventado para un barrio que fue el borde de todo (de la Cañada, de Nueva Córdoba, de Bella Vista, de Observatorio, del Centro) y hoy es un epicentro neurálgico, un intento desesperado e imposible por hacer de lo diverso algo único y catalogable.

Güemes es una fantasía que se vive todos los días y cada día.

Con alegría y con dolor. Como la vida misma.

Güemes sos vos, soy yo, es el otro.

#GuemesSomosTodos

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